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CORAZÓN DE TINTA

"Amor y Horror Nazi. Historias reales en los campos de concentración" , de Mónica González Álvarez

Un libro que nos ofrece una visión diferente del horror que se vivió en los campos de concentración nazi a través de siete entrañables historias de amor cuyos protagonistas o sus descendientes le han dejado conocer de cerca
MARÍA LUISA MARTÍNEZ 2018-03-05
Portada del libro

Aunque los nazis trataran de deshumanizar a judíos, polacos, eslovacos, gitanos, homosexuales, jamás lograron destruir su esencia, su dignidad, su coraje, su fortaleza y, por supuesto, el amor, que se convirtió en su mayor impulso en aquellos años de reclusión. Porque, pese a los trabajos forzados, los abusos y palizas, o la inanición, su mayor lucha consistía en conseguir salir del campo de exterminio para reencontrarse con la persona amada y comenzar una vida mejor y a salvo lejos de toda aquella barbarie.

 

Paula Stern le desveló a la autora cómo soportó meses y meses de trabajos forzados: «Si no hubiese estado casada no hubiese sobrevivido. Era lo único que me daba fuerzas para continuar y verlo de nuevo». Paula y Klaus Stern, finalmente se reencontraron tras 28 meses sin verse.

 

Solo la locura que uno siente por amor hace que contravengas las normas y te arriesgues hasta el punto de morir por pasar un solo instante con la persona a la que amas, como hizo Meyer para ver a Manya. De noche, se escondía en el barracón de las mujeres en Auschwitz para pasar unas horas con ella, a sabiendas que si le pillaban le matarían.

 

Tras tres años en Auschwitz, Jerzy conoció a Cyla. Se enamoraron y, entonces, él ideó un plan de escape. Esa huida se materializó y lograron salir por la puerta del campo de concentración. Arriesgó su vida en cuanto conoció a su amada. Jerzy y Cyla se vieron por primera vez trabajando en el granero, separados por un tablón de madera que tenía un pequeño agujero, con una delgadez extrema, debido al hambre y a la enfermedad, sucios, sin pelo… así, surgió un amor a primera vista que duró casi sesenta años. Ellos son el ejemplo de que uno se enamora de aquello invisible a los ojos.

 

La casualidad quiso que Howard y Nancy coincidieran en Auschwitz y más tarde también y, después de sobrevivir a “una caminata de la muerte” de más de 800 kilómetros, en el campamento de Bergen Belsen, donde Nancy reconoció a un moribundo Howard y se negó a abandonarle a su suerte.

 

David y Perla Szumitaj se vieron por primera vez a través de una alambrada. Él durante una entrevista desveló que “era una muchacha muy joven, la más linda del mundo. De ojos enormes que resaltaban sobre la cabeza rapada”. “A través de nuestras miradas, tanto ella como yo estábamos seguros de que habíamos encontrado a la persona amada”.A pesar de que el joven fuese trasladado del campo y de que no habían intercambiado más que unas pocas palabras, lograron reencontrarse tras la guerra y casarse. En su lápida se puede leer “Unidos en el dolor, en el amor y en la eternidad».

 

Las historias de amor entre presos y carceleros no eran tan habituales como las que había entre presos, pero también existieron, a pesar de que la Ley de Protección de la Salud Hereditaria del Pueblo Alemán prohibía las relaciones íntimas entre judíos y personas “de sangre alemana o afín”, lo que podía constituir un delito penal.

 

Helena Citrónová fue deportada, junto a su hermana y sus dos sobrinos, al campo de concentración de Auschwitz. Destinada a tareas de demolición de edificios, donde cargaba escombros, su salvación fue conseguir camuflarse en el barracón “Canadá”, un lugar donde clasificaban y enviaban de vuelta a Alemania las pertenencias de los internos, pero la Kapo la descubrió y ordenó su traslado al Campo Penal, donde hubiera sido condenada a muerte si no hubiera sido porque durante la comida preguntó si alguna sabía cantar o recitar algo bonito, pues ese día era el cumpleaños del hombre de las SS. Helena fue una de las elegidas y el oficial –Franz Wunsch- se quedó prendado de ella y ordenó que la joven volviese a la mañana siguiente para trabajar en el “Canadá”. “Con el paso del tiempo, llegó un momento en que de verdad lo amé. Arriesgó su vida [por mí] más de una vez”, confesó Helena. Si bien es cierto que Franz “sí estaba enamorado de ella”, Helena sólo sentía “gratitud” por él. De hecho, cuando es liberada  para ir a la marcha de la muerte, él le da unas botas para que se abrigue y la dirección de sus padres en Viena, pero ella rompe el papel porque piensa en las palabras de su padre: ‘Nunca olvides quién eres’”. No obstante, le devolvería el favor años después cuando fue detenido para ser juzgado por sus crímenes; Helena contó en el juicio lo que hizo por ella y su hermana y fue absuelto.

 

A diferencia de Helena y Franz, la judía Felice Schragenheim y la nazi Elisabeth Kappler, a la que familiarmente se referían como Lilly Wust, se conocieron fuera del campo de concentración. Aunque el lesbianismo no estaba tipificado como delito, no era bien visto. Lilly era el estereotipo de la mujer alemana nazi dedicada a las tareas del hogar y al cuidado de sus hijos, hasta que conoció a Felice y se enamoró perdidamente de ella, se intercambiaban postales de color rosa y se casaron de manera simbólica con un juramento escrito. Elisabeth llegó a pedir el divorcio a su marido, el oficial de la SS Günther Kappler, dado que él también tenía una relación paralela. Günther se negó para guardar las apariencias, pero accedió a no compartir ni mesa ni cama con ella. Cuando Felice le confesó a su amante que ella era judía, Lilly se llevó un disgusto tremendo, pero a pesar de ello la relación siguió hasta que Felice fue atrapada por la Gestapo y trasladada a un campo de concentración. Una nazi cambió de ideología por amor, llegando a ayudar a judíos incluso después de la muerte de su amada siendo condecorada por ello. 

 

Y es que el amor es más fuerte que cualquier ideología, religión y pensamiento.

 

 

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