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EL ARTICULARIO DE PACO VILLENA

Los moriscos valencianos

Francisco Villena 2016-11-10
Francisco Villena

Los hispanorromanos que vivían en Valencia, entre los años 700-800, tuvieron que soportar, irremediable y pacientemente, sucesivas oleadas inmigratorias de sirios, egipcios, árabes y norteafricanos, entre otros. Tal aluvión de gentes que procedían del otro lado del Estrecho y del Oriente Próximo arribaban a la península ibérica y a nuestras tierras valencianas, mayoritariamente, a través de los puertos de Tarragona, Dénia y Almería, ya que el "mare nostrum" era la vía más fácil, rápida y segura para viajar de Oriente a Occidente. La población autóctona, ante esta "invasión" tutelada por los mercenarios del emirato de Córdoba, poco podía hacer para oponerse. Ante el " vacío de poder " y la práctica indefensión de sus tierras por parte de los déspotas gobernantes visigodos - los godi, les llamaban los hispanos a este pueblo germano - los hispanorromanos hubieron de aceptar estoicamente el gobierno de los nuevos ocupantes del poder islámico en Al-Ándalus, pues así rebautizaron a la Hispania Romana los llamados hombres del desierto, pues eso significaba sarracenos o sarraïns en la lengua de Jaime I.


 

Al-Ándalus era para los invasores la tierra prometida de Occidente, la recreación de la antigua Atlántida de Platón, era el exceso, el agua tan añorada en el desierto y a la que rendían culto, las acequias de sus huertas para cultivar frutales y hortalizas, una tierra generosa y un clima templado. Y era también poner tierra y mar de por medio a los conflictos políticos y religiosos que se sucedieron tras el derrumbe del califato omeya de Damasco y su sustitución por el califato abasí de Bagdag como nuevo centro del poder islámico. Con el transcurso de las décadas, los hispanorromanos se islamizaron, adoptaron como propia la lengua árabe, que era la oficial,  sus modos de vestir y costumbres, y asumieron, en su inmensa mayoría, el islam como religión. Una religión que consideraba a Jesús como un profeta, al igual que Mahoma, y que les hablaba de que existe un solo Dios. Un solo Alá.

 


En aquellos tiempos, muchos obispos cristianos consideraban el islam como una herejía más del cristianismo primitivo, como tantas otras, y no tanto como una nueva religión oriental monoteista como podría ser el judaísmo, tal era el grado de confusión religiosa de la alta Edad Media, época en la que en España se hablaba, se escribía y se rezaba, mayoritariamente en árabe. De hecho, los visigodos, que a su vez se hicieron con el poder en Hispania por el vacío que supuso la caída de Roma, eran de la secta arriana. No fueron "oficialmente" católicos hasta el Concilio de Toledo en el 589 con la "conversión" de su rey Recadero, y como arrianos no creían, por tanto, en el dogma de la trinidad, no eran trinitarios. O lo que es lo mismo, afirmaban que Jesús era hijo de Dios, pero no Dios mismo. Así las cosas, esta interesada y pragmática conversión al islam del pueblo hispanorromano en territorio andalusí no supuso, en realidad, ningún trauma sociológico, ni siquiera religioso. En realidad, fueron muy minoritarios los hispanorromanos que conservaron la religión cristiana en tierras musulmanas, a los que se les llamó mozárabes. Así, los españoles del año 1000, fueran musulmanes, judíos o cristianos, eran un crisol de etnias mediterráneas y centroeuropeas de la más diversa procedencia, sólo distinguibles entre ellos por su indumentaria, más que por su aspecto físico. Sabido es que muchos califas de Córdoba y gobernantes musulmanes de las taifas se teñían sus rubias barbas y cabellos para no parecer tan godos, pues los matrimonios mixtos eran frecuentes entre las élites musulmanas y cristianas que compartían, en mayor o menor medida a lo largo de siglos de convivencia, el dominio territorial de la península.


 

Unos quinientos años más tarde, con la conquista de las taifa musulmana de Valencia  por las corona de Aragón, los musulmanes, con independencia de su etnia de origen, que quisieron pudieron quedarse y seguir viviendo en la tierra de sus antepasados. Se quedaron, sobre todo, los agricultores y los artesanos, los más humildes. Pero ahora, tras la conquista o reconquista, según quien escriba la historia, ya no eran dueños de sus tierras. Con el reparto o "repartiment" tendrían nuevos amos, nobles cristianos y órdenes religiosas a las que servir, obedecer y pagar los tributos. En cualquier caso, ya lo habían hecho siempre así para los señores musulmanes y aún antes para los visigodos, estaban acostumbrados a trabajar y a pagar tributos. Con el tiempo, muchos de estos musulmanes que vivían en reinos ya cristianos, a los que llamaron moriscos, fueron "convirtiéndose" al catolicismo, en gran medida para facilitar su ascenso en la escala social y económica sin despertar tanto rechazo por parte de los "cristianos viejos" que ostentaban el poder.


 

El statu quo de la siempre difícil coexistencia pacífica católico/islámica en España se quebró definitivamente con el Decreto de Expulsión de los moriscos de 1609. Con toda seguridad, Felipe III y sus validos, tendrían sus buenos motivos, verdaderos o falsos, para justificar en sus conciencias una expulsión no exenta de oposición y de rebeliones armadas por parte de los moriscos españoles, lo que causó destrucción y miles de muertes. Unos 300.000 moriscos, o sea, españoles de religión musulmana, fueron expulsados de España. Los historiadores apuntan algunas causas justificativas de la expulsión como el temor a un levantamiento o revolución morisca contra la Corona, al notable incremento de nacimientos entre la población morisca en comparación con la cristiana, a su complicidad o simpatía con los piratas y la Berbería o el amenazante turco, sin faltar, como siempre, la defensa de la religión católica, la "única y verdadera Fe", frente a la herejía del islam. No faltaron también razones económicas, pues los nobles y terratenientes de los grandes latifundios castellanos y aragoneses pensaban que al librarse de los moriscos y quedar sus tierras libres de ocupantes podrían así obtener mejores rentas de las mismas, ocurriendo justamente todo lo contrario. No pensaban así los pequeños terratenientes y nobles valencianos que no querían la expulsión, pues conocían muy bien el trabajo agrícola de siempre de los moriscos que practicaban en las huertas, un auténtico arte de jardinería hortícola. Consumada la expulsión, los pueblos quedaron semidesiertos, las tierras yermas, y en el secano muchos de los escalonados bancales de viñedos, almendros, algarrobos, olivos o higueras, ganados a la piedra de la montaña, se echaron a perder para siempre, ganando el bosque las tierras de labor.

 


La expulsión de los moriscos se inició en España por el Reino de Valencia, que sirvió una vez más en la historia de banco de pruebas o experimental de la Corona, de la centralidad española. El Reino de Valencia perdió por este genocidio, como ahora lo calificaríamos, la tercera parte de su población. Unos 120.000 moriscos valencianos fueron expatriados hacia el norte de África desde los puertos de Dénia, Alicante, Grao de Valencia, Moncófar y Vinaroz. En comarcas como La Marina, en la provincia de Alicante, la expulsión alcanzó el 90 % de la población. Los propietarios de las tierras se afanaron en buscar y convencer a nuevos colonos cristianos para que vinieran a estas despobladas tierras valencianas a vivir y a trabajar los campos, como así sucedió. Familias castellanas, aragonesas, catalanas, navarras, mallorquinas, italianas y de muchos lugares llegaron para repoblar los semiabandonados pueblos del Reino de Valencia.

 


La Marina y muchos pueblos de La Safor y del Comtat fueron repoblados mayoritariamente por familias de pageses mallorquines. Los apellidos mallorquines de sus habitantes, sus embotits, su sobrasada inconfundible, su repostería y su modo de hablar el valenciano con acento mallorquín, con expresiones como "sa casa", "sa font", "es peix"  o "can Pere" revelan su origen insular. Por ejemplo, vayan a Tárbena o a Xaló, quédense a comer, escuchen como hablan y conocerán la Mallorca valenciana.

        
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