MÚSICA
Mikel Izal convierte el Roig Arena en un viaje del miedo al paraíso
Más de 11.000 personas han acompañado en Valencia al artista pamplonés en su primera gira en solitario y despedida temporal de los escenarios
JUDITH CELMA
2026-02-01
Mikel Izal durante su concierto en el Roig Arena. /JUDITH CELMA
El Roig Arena no ha sido esta noche solo un recinto con más de 11.000 personas esperando un concierto. Ha sido, durante más de dos horas, un mapa emocional. Mikel Izal lo ha desplegado como quien abre un cuaderno íntimo delante de miles de desconocidos y decide contar su historia en voz alta. Valencia ha asistido a una de las paradas más especiales de su primera gira en solitario, una despedida temporal de los escenarios que ha sonado más a celebración que a adiós.
Antes de que el protagonista haya tomado el mando, la banda Éxtasis ha calentado la noche con una propuesta de indie pop que ha ido afinando los cuerpos y las gargantas. Y ha comenzado con una idea clara: no era un concierto, era un recorrido. Cuatro capítulos, cuatro estados, cuatro maneras de entender a Mikel Izal más allá de la banda que lo ha llevado a lo más alto.
Capítulo I: El miedo
La oscuridad ha abierto la función. Con 'El miedo', Mikel ha aparecido sin artificios innecesarios, dejando que la narrativa del disco marcara el pulso. No ha habido euforia todavía, sino una especie de respeto colectivo, como si el Roig Arena entendiera que primero había que atravesar la sombra antes de correr hacia la luz.
'La gula' ha mantenido esa tensión inicial, que pronto se ha roto con la entrada de viejos conocidos. 'Magia y efectos especiales', 'Pánico' y 'Despedida' han sonado como una conversación entre el pasado y el presente. El público no ha necesitado instrucciones: ha coreado cada verso como si formara parte del guion desde hace años. Aquí el miedo no ha paralizado, ha empujado.
Capítulo II: El grito
Si el primer tramo ha mirado hacia dentro, 'El grito' ha mirado hacia fuera. El concierto se ha vuelto físico, casi catártico, con 'La huida', 'Inercia', 'Pausa' o 'El pozo', que han hecho que el Roig Arena empezara a latir de verdad.
Mikel se ha movido más, ha buscado miradas, ha levantado brazos y ha dejado que la banda empujara el sonido hacia una dimensión más eléctrica. El público ya no ha observado: ha participado, y el grito no ha sido solo suyo, ha sido compartido. Ha sido la necesidad de soltar, de saltar, de convertir cada estribillo en una pequeña liberación colectiva.
Capítulo III: La fe
Entonces ha llegado el giro. El ruido se ha apagado sin desaparecer del todo y Mikel Izal ha traído, literalmente, el salón de su casa al Roig Arena. Se ha sentado, se ha acercado al público y ha convertido un espacio para 11.000 personas en un lugar íntimo, casi doméstico. Nadie diría que allí había una multitud.
El sonido se ha vuelto acústico, cercano, vulnerable. 'Meiuquer' o 'El presente' han flotado con una delicadeza que ha obligado a escuchar más que a cantar. Ha sido uno de los momentos más honestos de la noche.
Después han llegado las joyas de Izal: o 'Eco', 'Pequeña gran revolución', 'La increíble historia del hombre que podía volar pero no sabía cómo' y 'El baile'. Aquí no ha habido espectáculo: ha habido memoria. La fe no ha estado en los focos, sino en las canciones que llevan años acompañando a miles de personas.
Capítulo IV: El paraíso
Y cuando parecía que todo iba a quedar en la emoción contenida, ha llegado la explosión final. El paraíso no ha sido quietud: ha sido salto y sudor. El artista ha reservado los míticos temas de IZAL 'Copacabana' y 'La mujer de verde' para este momento, temas que han hecho despegar al Roig Arena. Nadie ha permanecido sentado. El público ha convertido cada tema en un himno compartido mientras Mikel sonreía como quien entiende que el viaje ha merecido la pena.
El broche lo ha puesto 'El paraíso', cerrando el círculo que ha empezado en el miedo y ha terminado en la luz. No ha sido solo el final del concierto, ha sido la sensación de haber atravesado una historia entera en una noche.
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