Maite Alberola, próxima estación Les Arts

Comienza el viaje… Es viernes. Maite llega de preparar el concierto del próximo sábado. El ensayo ha ido; ha disfrutado, se le nota en el rostro, desprende paz. Nos vemos en una terraza cerca de la Ciutat de les Arts y les Ciències, donde la inevitable luz de Sorolla, recrea un éter mágico. Así es Valencia en primavera. Más que una entrevista, el encuentro termina transformándose en una conversación entre amigos. Porque ante todo, más allá de la diva, prevalece la persona.
¿Su primer contacto musical? No lo recuerda. Sus padres le cuentan que ya en la guardería siempre cantaba y bailaba en playbacks. Al igual que en aquellas noches infantiles de sábado, cuando se disfrazaba y actuaba para su abuela (a la que añora en silencio). Con diez años, casi al compás de la viola, inicia sus estudios musicales en el conservatorio de Silla, de donde es natural. A su vez, participaba en el coro del colegio y en la asociación de bailes regionales. La música comienza a dibujar el preludio de su pasaje.
Esfuerzo y constancia. Su madre se lo enseñó cuando comenzó a tocar la viola, instrumento que posteriormente daría paso a la voz. Con 16 años tenía claro su oficio. Ya había emprendido los estudios de canto y subirse a un escenario le llenaba. Quizás para su familia (incluso para ella) hubiera sido más cómoda otra elección. Aunque lo más cómodo, nunca es lo mejor. Comprendió que “vivir es combatir la pereza de cada instante”, como escribió el poeta Martí i Pol, a quien supo hacer caso. También a un profesor al que nunca olvidará. Fue valiente. Siguió adelante, abrió las alas y el vuelo se hizo ave.
La formación en todos los ámbitos, crucial. “Siempre tienes que estar en continuo estudio vocal, tú evolucionas, al igual que tu voz”. La necesidad de perfeccionar los idiomas y la parte interpretativa, por otro lado, es imprescindible. Experimentar, nutrirte, conocer tu madurez… el eterno fluir de Heráclito. Conocimiento y experiencia siempre suman, pero la actitud, multiplica. Y de todo esto, a la soprano valenciana, no le falta un ápice.
A los veintipocos, ganó el Concurso Mirna Lacambra -en Sabadell-, cuyo premio era representar una ópera. Su primera producción como profesional, su primera maleta de sueños y deseos. Época de ensayos, trabajo, estudios… inquietudes de un mundo (todavía) demasiado reciente. Por cierto, en mayo vuelve a la ciudad catalana, cuna profesional, para interpretar La bohème, de Puccini; producción de Mirna Lacambra. Rencuentro con una de sus maestras más admiradas. No olvida de donde viene, por eso siempre vuelve.
Concierto X Aniversari Centre Placido Domingo
Dentro de su preparación como cantante de ópera, destaca su paso por el Centre de perfeccionament Plácido Domingo, donde se promueve una alta formación dirigida a jóvenes cantantes y músicos de todo el mundo. Hoy, la escuela de promesas musicales de la que formó parte en su primera promoción, celebra su décimo aniversario. ¿La huella? El Concierto X Aniversari Centre Placido Domingo. La cantante de Silla, junto a otros compañeros, interpretará diversos fragmentos de ópera bajo la dirección del propio maestro: “Me siento afortunada porque han pensado en mí para este concierto”. Así es.
En este oficio, como en cualquier otro, reconoce que hay luces y alguna que otra sombra. La parte menos agradable viene cuando se firman determinados contratos, motivados por estereotipos fugaces o modas efímeras que, en ocasiones, disipan la verdadera calidad del artista. No obstante, la ópera sobre todo es luz. Subir al escenario, dar forma a los sentimientos a través de la voz. Alma y espíritu. Conocer tus límites, o no. Imaginar que cada persona aclama contigo la agitación de los sentidos. Pasión y arte. Llegar al público. Conexión y atmósfera. Adora su trabajo, no lo puede evitar, su corazón habla a través de los ojos.
De todos los títulos que ha interpretado, su preferido es I pagliacci, de Leoncavallo. Asegura que hay composiciones más bellas, aunque “la vivencia que tuve cuando la interpreté por segunda vez fue especial, por lo que descubrí en mí”. Porque la ópera, al igual que la pintura o la literatura, a modo de espejo refleja nuestro abismo. Nuestra historia prisionera. Con más verso, pero sin menos drama.
Afortunadamente, esta trovadora contemporánea disfruta viajando; menos mal, su trabajo lo requiere. Ha pisado teatros de medio mundo: Europa, Asia, América, África… Su carácter afable y bondadoso, le permite entablar buenas amistades allí donde echa el ancla. “Siempre hay alguien que te da su mano, y a quien dársela”. Amistades necesarias, porque la soledad no elegida, en los artistas también llega sin avisar. El aria traspasa la irrevocable escena.
Aunque su siguiente parada es conocida. Con repertorio francés, tras casi cuatro años, más serena y madura que nunca vuelve a casa. Para (re)enamorar a su gente, incitarla a que ame el género; dar lo mejor de sí. Disfrutar. Compartir. Ser: el reto de cada día. Juega en su tierra, pero eso no le da derecho a relajarse, es consciente. Al contrario, no hay una mayor responsabilidad que cantar para los tuyos. ¿Ilusión, amor, entusiasmo? La amalgama está servida.
De esta manera regresa a Les Arts. Ligera de equipaje. Auténtica, en esencia. Con calma, porque disfruta del trayecto y de la libertad de decisión; esa libertad que Quijote enseñó a Sancho, tan importante. Sin perder aquella capacidad utópica de convertir en realidad los anhelos. Por todo ello, aquella niña que jugaba a ser cantante, ha llegado a ser quien es, Maite Alberola, una de las sopranos españolas más reconocidas de su generación.
Destino: Palau de les Arts Reina Sofía, sábado 30 de marzo a las 19.00 h. Sin final de trayecto. Ítaca no acaba nunca.